Irse de Kabul

Cómo salí de Afganistán, mi tierra amada, con una pequeña maleta

Fatimah Hossaini

La fotógrafa afgana Fatimah Hossaini, que hasta ahora cubría Afganistán e Irán para Outriders, capturó con su cámara sus últimos días en el país desde que los talibanes tomaron Kabul y logró huir.

Sábado, 14 de agosto.

Antes de la caída de Kabul.

Estuve en un restaurante tomando café, fui a un bazar de compras y quedamos con unos amigos justo la noche anterior a que los talibanes entraran en Kabul, el sábado.

Los talibanes ya se habían hecho con más de 20 provincias, pero en Kabul la vida parecía normal y cuando mis padres, que viven en Irán, me llamaron para saber cuándo me iría, les dije que no tenían de qué preocuparse.

Estaba intentando convencer a mis padres de que no iba a pasar nada en Kabul sin saber que Kabul caería al día siguiente.

Entre amigos, todas nuestras conversaciones giraban en torno a qué pasaría si los talibanes llegaban a Kabul. Todos estaban a punto de solicitar visados para salir de Afganistán un tiempo, pero nadie estaba totalmente preparado para irse.

Domingo, 15 de agosto.

“Los talibanes están aquí”.

El domingo 15 de agosto por la mañana, antes de que los talibanes se apoderasen de Kabul, fui a hacerme un test PCR, ya que se suponía que me iba de Kabul a Estambul el lunes por la mañana. Eran alrededor de las 9:30 de la mañana. Y salí de casa para ir a una clínica en el centro de Kabul. Íbamos de camino cuando el taxista me dijo que me fuera a casa. Todo el mundo corría y gritaba: “Vienen los talibanes, ya están aquí los talibanes”. Era alucinante.

Intenté esconderme en casa y, como vivo sola, llamé a unas amigas para que estuvieran conmigo.

Éramos tres mujeres periodistas, solas en casa; estábamos muertas de miedo. No comimos nada en todo el día. Mientras tanto, nuestras familias no dejaban de llamar y seguíamos las noticias para ver qué pasaba. Era desgarrador e impactante.

Podíamos ver cómo se estaban haciendo con Kabul paso a paso.

Por la mañana, estaban por las calles y en poco menos de 10 horas, ya se habían sentado en el palacio presidencial, después quitaron nuestra bandera y entraron a los estudios de radio y televisión nacional. Nunca me hubiera imaginado que algún día vería a talibanes en moto con sus banderas blancas desde mi balcón.

Todas estábamos sumergidas en nuestros teléfonos móviles, llamando y enviando mensajes, y veíamos en los titulares de todas las noticias información sobre los talibanes y la caída de Kabul. Tras ver el tweet de un amigo diciendo que los talibanes habían iniciado una búsqueda puerta a puerta de funcionarios gubernamentales, policías, trabajadores de ONG y periodistas en Kabul, decidimos cambiarnos de sitio.

Lunes, 16 de agosto.

La maleta.

Fue el lunes 16 de agosto, alrededor de las 7 de la tarde, la última vez que estuve en mi casa en Kabul, en mi balcón, que era el único lugar para recuperarme y disfrutar de las vistas de la ciudad de Kabul después del trabajo.

Dejé todo atrás, todas mis cosas y souvenirs de diferentes países que había coleccionado. También mis fotos impresas, que se suponía que iban a ir a Nueva York para mi próxima exposición.

Salí de mi casa con una maleta pequeña y una mochila para la cámara y el portátil.

Grabé este vídeo la última vez que estuve en mi balcón. Las tres nos fuimos a la casa de otra amiga que vive con su familia. Cuando nos vimos, no podíamos dejar de llorar.

Miércoles, 18 de agosto.

Hay que borrar nuestros perfiles de las redes sociales.

El miércoles 18 de agosto pasó entre el estrés y el pánico. La madre de mi amiga había intentado cocinar algo de comida sin electricidad, y todos intentaban darnos esperanza y animarnos. Pero nada funcionaba en ese momento. Las cuatro, mujeres periodistas, nos pusimos a borrar nuestras fotos de perfil y a desactivar nuestras cuentas en redes sociales.

Nos pusimos un velo integral, nos cubrimos todo el cuerpo, y fuimos a caminar por la zona. Lo hicimos, pero era muy difícil ver a los talibanes delante de nosotras caminando por Kabul con las armas en la mano y los fusiles al hombro. No podía creer que los talibanes, los que nos mataron hace 20 años, los que mataron a mis amigos, a mis colegas y a mis estudiantes en la universidad de Kabul, estaban en medio de nuestra ciudad y no podíamos hacer nada. Compramos algo para comer y regresamos a casa.

El resto del día en Kabul consistió en llamar y enviar correos electrónicos a todo el mundo que conocíamos para ver cómo podían evacuarnos de Afganistán. Recibí tantas respuestas y era aún más estresante ver que todos intentaban obligarnos a irnos. Recibí tantos mensajes de todas las personas que me conocen, y fue muy triste; mi madre me llamaba cada 10 minutos y lloraba y lloraba.

Cenamos sin electricidad, hice mi maleta aún más pequeña y decidimos irnos al aeropuerto. Llevaba algunas cartas de la embajada francesa en Kabul, tenía una solicitud de visado para los Estados Unidos y un visado para Turquía en mi pasaporte, y pensaba que todo eso sería suficiente para la evacuación. Mi cerebro había dejado de funcionar y no podía pensar ni decidir qué debíamos hacer. Todos nos prometían que nos avisarían, pero nadie confirmaba nada.

Jueves, 19 de agosto.

De camino al aeropuerto.

Finalmente, en la madrugada del 19 de agosto, las cuatro, mujeres periodistas, salimos de casa rumbo al aeropuerto. Estuvimos allí más de cinco horas. Había talibanes golpeando a gente. Era como una película, con tantos puestos de control talibanes en Kabul.

No conseguimos entrar. Los talibanes cerraron todas las puertas y empezaron a disparar muy cerca de nosotros. Tuvimos que regresar a casa de nuestra amiga, con la cara cansada y el cuerpo destrozado y muy decepcionadas. Las cuatro intentábamos llamar a conocidos para pedir ayuda, pero era muy complicado.

A las 5 de la tarde, recibimos una llamada de otra amiga que es corresponsal que trabaja para los Estados Unidos y nos dio otra dirección. Esta vez, dos de nosotras fuimos al aeropuerto e intentamos entrar por una puerta diferente. Nuestra amiga nos dijo: “Podéis iros y si encontráis alguna forma de entrar, llamadnos”, pero entonces no sabíamos que era la última vez que nos veíamos y ni siquiera nos despedimos.

Viernes, 20 de agosto.

Irme para tener una voz.

No podía creer que, después de tres horas de camino, en medio del tráfico y atrapados entre la gente, finalmente conseguimos entrar en el campamento de Baron. Estuvimos allí toda la noche y, en la madrugada del viernes 20 de agosto, nos pusimos en fila rumbo al aeropuerto.

De camino, presencié escenas tan tristes que nunca olvidaré. Había gente en fila. Por un lado, estaban los talibanes, golpeándolos y sin dejarlos pasar, y por el otro, las tropas extranjeras que intentaban controlar a la población frente al aeropuerto.

Era desgarrador ver a mi gente así, y no sabía a quién culpar, al gobierno, a nuestros dirigentes, a Estados Unidos o a quién. Estaba desesperada. Después de todas esas puertas, finalmente llegamos al aeropuerto militar, sobre las 6.50 de la tarde.

Los soldados franceses nos llevaron a mi amiga y a mí a una zona de refugio francesa dentro del aeropuerto, y tras cinco horas de espera, finalmente subimos a un avión militar francés a la 1:05 de la madrugada del sábado 21 de agosto.

Era la última vez que estaba bajo el cielo de Afganistán; No podía dejar de llorar. No podía imaginarme que algún día dejaría mi tierra como en las historias que había escuchado de mis abuelos. Estaba sucediendo de nuevo en 2021 y me iba de mi amada tierra a causa de la guerra, para continuar con mi trabajo y tener voz.

Sábado 21 de agosto.

Aterrizamos en Abu Dhabi.

El sábado a las 4:18 de la mañana aterrizamos en Abu Dhabi. Fuimos a un campamento para descansar y prepararnos para otro vuelo.

La situación era tan extraña. Había vuelto a Afganistán para tener un país y trabajar allí. Nunca hubiera imaginado que me vería de nuevo emigrando, y una vez más a punto de ser una refugiada

París, Francia. El sábado, a las 14:10 horas, despegamos hacia París en un avión militar procedente de los Emiratos Árabes Unidos.

Otra migración, otro desastre, otra tragedia, una repetición de la triste historia. 21 de agosto de 2021. Ese es el día que dejé Afganistán, mi tierra amada. Había regresado a Afganistán para mostrar los retratos invisibles de las mujeres y el lado radiante de mi país y nunca me hubiera imaginado que dejaría mi tierra así.

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